REFLEXIONES DE UN POLITÓLOGO HUMANISTA

Bienvenid@s a mi  blog

Aquí escribiré sobre temas que pueden analizarse desde mi formación académica.

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Las contradicciones jurídico-políticas de la monarquía en España


Las supuestas comisiones ilegales, relacionadas con la adjudicación del AVE a la Meca, que pudieron ser percibidas por el rey emérito, han colocado de nuevo a la monarquía en una situación delicada. Poco importa que Felipe VI renunciara a la herencia de su padre, dado que el artículo 991 del Código Civil no deja lugar a dudas1. Aquello fue una representación que tenía como único y evidente fin mejorar la imagen de la Corona, pero cuya trascendencia jurídica era sencillamente ninguna. Pese a ello, la monarquía  sigue encontrándose en un momento complicado, ya que, como su máximo exponente no puede ser juzgado, una gran parte de su legitimidad descansa únicamente sobre la reputación que tenga dicha institución.

En relación con lo dicho, la Constitución ha tenido que hacer verdaderos malabarismos para tratar de conciliar las caracterísiticas de la monarquía con las de un régimen representativo de corte occidental. En este sentido, la Constitución, desde su primer artículo, muestra sus cartas al afirmar que la forma política del Estado es la Monarquía parlamentaria, la cual es un tipo de monarquía en la que el rey no gobierna, puesto que teóricamente el poder reside en el parlamento. No obstante, el problema existe desde el momento en que el artículo 14 (igualdad de todos ante la ley sin que pueda haber discriminaciones por razón de nacimiento, raza, sexo, etc.) colisiona con el 56.3 (la inviolabilidad del rey) y el 57.1 (el artículo en el que se establece que la Corona de España es hereditaria). Esto significa que el nacimiento es el que convierte a una persona en rey, y es esta condición la que impide juzgarlo.

El hecho de optar por una fórmula que establece un rey que, legalmente, es intocable deriva de la justificación tradicional de que éste solo rendirá cuentas ante Dios. Sin embargo, en la actualidad, la figura de un rey irresponsable, desde el punto de vista jurídico, no solo es que sea incompatible con el mencionado artículo 14, sino que también quebrantaría el principio de sujeción del artículo 9.1, según el cual los ciudadanos y poderes públicos estarían sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico. En consecuencia, solo quedaría dilucidar si el rey puede considerarse un poder público. Al respecto, conviene recordar que el monarca ejerce una serie de competencias reconocidas en los artículos 62 y 63 de la Carta Magna, pero es que además el artículo 65 establece que el rey recibe una cantidad de los presupuestos del Estado. Por consiguiente, se trata de una institución que participa (simbólicamente o no) en el funcionamiento del Estado y que maneja dinero público. 

Lo dicho anteriormente, en cualquier caso, es lo que afecta al rey que ejerce como jefe de Estado, pero ¿qué ocurre con el conocido como rey emérito? Esto es importante por los hechos mencionados al principio del artículo. En relación con esto, cabe decir que él ya no debería ser inviolable, puesto que esta cualidad, tal y como establece el artículo 56.3 pertenece única y exclusivamente «a la persona del Rey». Esa interpretación parece la más razonable, por ello en 2014 el Partido Popular tuvo tanto interés en que Juan Carlos I gozara de la condición de aforado. Quienes tengan esta condición solamente deberán responder frente a tribunales concretos, como el Tribunal Supremo. Aunque, ¿cómo es el paso de inviolable a aforado?, ¿qué tipo de procedimiento se siguió? 

El plan se llevó a cabo poco después de la ley orgánica que materializó la abdicación, por aquel entonces el Partido Popular decidió aprobar, con la abstención del PSOE, una ley de racionalización del sector público para modificar la Ley Orgánica del Poder Judicial. Eso sí, dicha norma suprimió un capítulo e introdujo cambios solo en seis de los 642 artículos de la LOPJ. Con todo, fue suficiente con la introducción del artículo 55 bis que atribuyó a las salas de lo penal y civil del Tribunal Supremo el conocimiento de las causas no solo contra el rey que hubiera abdicado y su consorte, sino también contra la pareja de quien ostente la Corona, y contra la Princesa o Príncipe de Asturias (heredero a la Corona) y su pareja. Entonces, ¿por qué parece preferible ser juzgado por el Tribunal Supremo? Porque sus miembros son elegidos por el Consejo General del Poder Judicial y los de éste a partes iguales entre el Congreso y el Senado.

En conclusión, es dificil encajar la monarquía en un Estado moderno, porque es legítimo aspirar al máximo cargo de un país y esto, en un monarquía, queda reducido a una cuestión de parentesco. Pese a ello, es cierto que el carácter simbólico de las funciones del rey puede contribuir a relativizar esta carencia, pero la excesiva protección jurídica del monarca, quien no puede ser juzgado debido a su inviolabilidad, plantea incluso contradicciones internas en el seno de la Constitución. Este modelo puede esperar que el rey tenga un comportamiento ejemplar y, por tanto, no haría necesario recurrir a procesos judiciales. Sin embargo, que nuestra norma suprema dicte que puede actuarse contra cualquier persona, menos contra el monarca, considerando que el ser humano es falible, es una limitación dificil de comprender. Asimismo, para acrecentar todavía más la brecha entre los ciudadanos y la Casa Real, en el año 2014 se decidió aforar a sus miembros; una condición de la que, por cierto, también goza gran parte de la clase política del país. ¿Dónde queda la igualdad del artículo 14? 


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1.« Nadie podrá aceptar ni repudiar sin estar cierto de la muerte de la persona a quien haya de heredar y de su derecho a la herencia».

El coronavirus en España: un diagnóstico político

La crisis del Covid-19 ha puesto a examen a la clase política de cada país, dado que son los gestores de los recursos del Estado y, en consecuencia, también los encargados de diseñar los protocolos para problemas tan difíciles como esta pandemia. A raíz de esto hay que lanzar obligatoriamente la siguiente pregunta: ¿han estado a la altura? Llegados a este momento hay que diferenciar entre el Gobierno, a quien le corresponde obviamente un protagonismo mayor, y el resto de la élite política. En este sentido, vaya por delante que la crisis del Covid-19 es algo extremadamente complejo de gestionar, pero ello no os óbice para dejar de ejercer la crítica.

Lo primero que debe evaluarse son las actuaciones que tomó el Gobierno cuando el virus llegó a España. Reconozco que implica jugar con cierta ventaja valorar dichas actuaciones a posteriori, pero en su momento había aspectos que muchas personas ya denunciaron y fueron ignorados. Por ejemplo, la suspensión de las fallas no fue hasta el 10 de marzo por la noche, habiéndose celebrado diez mascletàs más la vertical. Además, ese mismo 10 de marzo los aficionados de un equipo italiano de fútbol proveniente de la zona donde habían muchos infectados, el Atalanta, se pasearon por las calles de la capital del Turia. Por supuesto, hay que sumar más errores como la no cancelación de la manifestación del 8 de marzo o permitir el mitin de VOX. En el actual régimen se han prohibido muchos actos políticos por distintos motivos, y en esta ocasión habría sido recomendable hacerlo.

En los casos mencionados, la decisión correspondía tomarla al Gobierno, a través de sus distintas delegaciones, salvo en las fallas que era necesario alcanzar un acuerdo con el gobierno autonómico valenciano, aunque siendo del mismo partido no se antojaba difícil. ¿Por qué se tardó en actuar? Resulta que cuando se toma una decisión, contradiciendo criterios técnicos, es porque han prevalecido otros distintos. En este caso, si los responsables de dicha decisión son políticos solo cabe pensar que han preferido seguir criterios políticos clásicos: índices de popularidad, afinidad ideológica, refuerzo electoral, etc.

Asimismo, también es importante observar cómo está siendo la distribución de los test. Ha habido noticias de muchos políticos que han dado positivo; es decir tuvieron su confirmación, aunque no fueran personas de riesgo. Es más, hay distintos responsables públicos que no llevan uno, sino varios test. Esta situación choca con la de miles de personas a las que no se les hace la prueba, ya que para ello se les exige estar realmente mal. Es cierto que no hay suficientes pruebas para todos, pero el agravio comparativo entre los miembros de la élite y el resto de la ciudadanía es francamente doloroso. Dicen que “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”, con todo es imprescindible que se establezcan criterios técnicos más rígidos para el reparto de los test, los cuales deberían respetarse, sin excepciones, incluso por políticos y personas que son capaces de comprarlo todo.

Igualmente, el resto de partidos políticos parece que tampoco están a la altura. Les resulta imposible dejar de lado sus propios intereses, ni siquiera en una situación como esta. Por consiguiente, bajo un aparente manto de neutralidad y acuerdo cada formación aprovecha para lanzar un discurso dirigido a los suyos y criticar al Gobierno con evidentes fines de desgaste. Es la dinámica de la política de élites y no se detiene por muy grave que sea la crisis. Al respecto, ¿cuándo las distintas familias políticas son capaces de alcanzar acuerdos? Cuando está en juego la supervivencia del sistema del que forman parte. El ejemplo reciente más paradigmático es la transición “gatopardista” de 1978.

Al final, la potencialidad de la sociedad civil es la que reluce con más brillo en cualquier crisis. Los aplausos desde los balcones es una buena muestra de ello, así como de vida en comunidad pese al confinamiento. La ciudadanía se sabe organizar y surgen iniciativas para hacer más llevadero este período. No obstante, la sanidad pública es el Atlas de esta crisis. Está soportando mucha responsabilidad, igual que el titán cargó con el peso de la humanidad bajo sus hombros. Los recursos con los que cuenta la sanidad dependen de los gestores de turno, pero el personal sanitario que se juega el tipo todos los días es gente de la calle ayudando a otra gente de la calle. 

 


Medioambiente y política


El planeta en el que vivimos, de una manera u otra, siempre responde a lo que hacemos. En este sentido, cualquier acción que perjudique al planeta nos es devuelta en forma de, por ejemplo, lluvia ácida o un aumento de la radiación ultravioleta. Son las respuestas que recibimos cuando contaminamos las aguas o dañamos la capa de ozono con los gases CFC. Con todo, hay más actuaciones antrópicas que cabe señalar como la deforestación o la producción desmedida de residuos de todo tipo. Ahora bien, entre todos estos problemas destaca, por sus extraordinarias repercusiones, el cambio climático, algo que se produce debido a las altas emisiones de gases efecto invernadero, lo que hace que la atmósfera retenga más calor del habitual aumentando así la temperatura del planeta. Sin embargo, se habla de cambio climático porque un aumento de la temperatura también implica variaciones en el clima.



El cambio climático enfrentaría a la humanidad a una de sus mayores crisis, dado que provocaría sequías, aumentaría el nivel del mar, haría más intensos y numerosos los desastres naturales e implicaría muchísimas migraciones. Por tanto, no estamos solo ante un problema ecológico, sino que también es una cuestión política, económica y social. Si las predicciones más pesimistas se cumplen deberá hacerse frente a un escenario en el que habrá nuevas guerras por el control del agua, regiones que desaparecerían bajo las aguas e incontables oleadas de refugiados.



¿Cómo responderían los países? Considerando la tendencia que la realpolitk ha marcado desde hace décadas, es factible suponer que los Estados que queden en una mejor situación endurecerían sus controles fronterizos, acogiendo a muy poca gente. Asimismo, no es descartable una deriva más autoritaria de muchos gobiernos del mundo, puesto que tendrían que hacer frente a una gran escasez y a los previsibles disturbios que deriven de ésta. Igualmente, se habilitarían pequeños oasis en los que la vida será relativamente plácida pero, tal y como sucedió a lo largo de la Historia, solo accederán a ellos los que puedan pagarlo, acrecentando todavía más la frontera entre ricos y pobres.



El panorama ciertamente es desolador, aunque estamos a tiempo de evitarlo. Por un lado, tenemos que cambiar nuestros hábitos y apostar decididamente por las tres famosas erres: reducir, reutilizar y reciclar. No obstante, la parte más relevante radica en cómo se produce en esta sociedad. Es legítimo que las empresas busquen obtener ganancias, ahora bien éstas debe ser compatibles con el medioambiente, ya que podemos preguntarnos: ¿por qué terminamos deseando tantas cosas que, en realidad, no son necesarias? La respuesta es obvia: si las ventas son mayores las ganancias también. Esto hace que se produzca mucho más que si solo se pretendieran satisfacer las necesidades reales de la gente. La consigna es producir, hacerlo deseable y venderlo, pero esta sobreproducción implica usar más recursos naturales, contaminar más y producir más residuos.

Por consiguiente, son los Estados a quienes les toca desempeñar un papel fundamental en este entramado. Son ellos los que tienen que legislar para que las empresas se comporten con más responsabilidad, eliminando definitivamente prácticas tan dañinas como pueda ser la obsolescencia programada. Aun así, es necesario criticar medidas como el sistema de comercio de emisiones. Este sistema, diseñado para frenar el cambio climático, establece que las empresas que no alcancen un determinado nivel de emisiones pueden vender sus sobrantes a las empresas que los necesiten. Así no se penaliza el hecho de contaminar, sino que simplemente hay que acudir al mercado y adquirir los “derechos” para poder hacerlo. En relación con eso hay que comprender una premisa básica: proteger el medio ambiente no es algo negociable. Eso sí, en bastantes ocasiones maltratar el planeta sale muy rentable, pero aquí vivimos todos y si el planeta quiebra, quebramos todos.

¿Qué hacemos con Cataluña?, ¿ha llegado el momento del federalismo?


Escribo estas palabras, consciente que sobre este tema ya se han vertido muchos litros tinta. Sin embargo, la problemática o el conflicto continúan sin resolverse. Los independentistas y los unionistas, ahora autoproclamados “constitucionalistas”, siguen enfrascados en una disputa que parece no tener fin. Hay que ser sinceros: el movimiento independentista no va a desaparecer de la noche a la mañana, entre otras cosas porque lleva entre nosotros mucho más tiempo del que creemos. Puede ser que el actual independentismo sea relativamente reciente, pero el nacionalismo catalán convive con el español desde hace aproximadamente un siglo.

En consecuencia, hay que ser prácticos, ¿qué soluciones hay sobre la mesa? Principalmente dos, la favorable a la proclamación de la República Catalana y la que defiende con vehemencia que España no puede “romperse”. Al respecto, las naciones no dejan de ser construcciones históricas y, por lo tanto, deben saber adaptarse, sin que ello suponga ningún drama. Es decir, si en algún momento se declarase la independencia de Cataluña tendríamos que asumirla con naturalidad. No obstante, para evitar ese escenario la derecha se escuda en la Constitución, sencillamente porque ahora le conviene, dado que la Carta Magna en su artículo segundo proclama que ésta «se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». Un artículo muy conveniente para los que anteponen España a todo.

Sin embargo, cambiar ese artículo segundo, al pertenecer al Título Preliminar exigiría la reforma del artículo 168, que es verdaderamente complicada. Por esa razón hay otras propuestas como la reforma del Estatuto de Autonomía Catalán. Con todo, esa vía dejaría fuera al resto de regiones. Así pues, ¿por qué no plantear la reforma del Título VIII de la Constitución? Esto podría acometerse mediante una reforma ordinaria del 167. Dicho título, que lleva por nombre De la organización territorial del Estado, en su primer artículo (el 137) establece que el «Estado se organiza territorialmente en municipios, provincias y Comunidades Autónomas». Asimismo, también explica como, en su momento, las distintas regiones podían acceder a este régimen de autonomía, mientras que sus artículos 148 y 149 determinan las competencias que pueden asumir las Comunidades Autónomas y las que pertenecen en exclusiva al Estado.

Por consiguiente, si se llevara a cabo una reforma ambiciosa de este título, podría acercarse mucho más a un Estado federal. Es cierto que el español no es un sistema excesivamente centralista, pero el sistema federal estadounidense abarca mucho más. En el país norteamericano cada estado tiene su propia guardia nacional (un pequeño ejercito) y también su propio Código Penal (por lo que en algunos estados no se contempla la pena de muerte). De hecho, se permiten singularidades como el paradigmático caso de la democracia participativa de California o que Nebraska tenga un sistema unicameral, en vez del bicameral que tienen el resto de estados. Esos elementos son impensables en el régimen autonómico español.

Ahora bien, no debe caerse en el simplismo, ya que si se reformara el Título VIII obligaría a cambiar muchas normas, como la Ley de Bases de Régimen Local, la LOREG o incluso replantearse el papel del Senado. Pese a todo, es necesario ampliar las competencias de las regiones del Estado español, aunque sin abandonar el razonable criterio de que hayan unos principios federales que sean comunes a todas estas regiones. Además esta reforma no supondría contradicción alguna con el artículo segundo. Por otro lado, es importante cambiar el nacionalismo español actual, de corte reaccionario, por otro más inclusivo y comprensivo con las distintas sensibilidades que habitan en su territorio. La nación que actualmente cuenta con un Estado, o sea España, no debe temer que existan otras naciones que, mediante una estructura jurídico-política concreta, obtengan más competencias que las que tienen ahora las Comunidades Autónomas. Es bueno cambiar la Constitución cada cierto tiempo para adaptarla a un escenario político que es cambiante, puesto que hay muchos artículos que necesitan ser revisados. Esto también le hace ganar legitimidad, en consonancia con aquel principio del consentimiento de los gobernados que enunció Thomas Jefferson. En este sentido, el mayor escollo es que cambiar el Título II (De la Corona) exigiría la reforma agravada del 168.

Los principales aspectos de unas elecciones ¿irrelevantes?

 
¿Para qué se convocaron estas elecciones? Para que se pudiera formar gobierno, dado que los resultados que arrojaron las de abril parece que no lo permitieron. Las razones por las que no hubo acuerdo, ya se han analizado pormenorizadamente, sin embargo es razonable destacar que, aunque tanto UP como PSOE cometieron errores, quien tiene mayor responsabilidad es el partido que contaba con mayor representación. Asimismo, es el gobierno en funciones (que también correspondía al PSOE) quien convocó elecciones pensando que obtendría una mayoría suficiente que le permitiría gobernar en solitario. Hasta ese momento, el PSOE había ido construyendo un relato en el que culpaba a UP de bloquear su investidura, pero también curiosamente al PP y Cs. Hoy se ha visto que aquello de “todos bloquean la investidura” no ha vendido como se esperaba.

Eso sí, aunque el PSOE (por ocupar el gobierno provisional y por tener más diputados) tenga más responsabilidad, los demás grupos parlamentarios tampoco estuvieron especialmente constructivos y aguardaban en estas elecciones mejorar sus resultados. Pese a que ha habido cambios, en esencia, se mantiene la correlación de fuerzas agrupadas en los dos bloques, de izquierda y de derecha. Por lo tanto, estamos ante un escenario muy parecido en la práctica y, lo único que seguramente hará alcanzar un acuerdo, es que la idea de unas terceras elecciones resulta descabellada. Por consiguiente, hay que hacer una crítica a la clase política: ¿cuánto dinero se han gastado para que al final todo siga casi igual?, ¿qué les hacía pensar que en menos de un año iba a producirse una variación significativa en el espectro ideológico de la población?, ¿por qué no se apuesta por la celebración de elecciones a presidente del gobierno, en vez de proponer un montón de métodos caciques para que gobierne la lista más votada o que ésta obtenga una prima extra porque sí?

Con todo, primeramente deben observarse las distorsiones de turno producidas en estas elecciones por la regla D´Hondt, es decir, el sistema que se encarga de convertir los votos en escaños. Así pues, Vox ha pasado de los 24 diputados de abril hasta los 52. Ha sido una subida espectacular, el partido verde podría considerarse el ganador de las elecciones. Ahora bien, este aumento de 28 escaños se corresponde con una subida de un poco menos de un millón de votos. Este dato es interesante porque el PSOE ha perdido casi 800.000 apoyos y solo tiene 3 escaños menos que en abril, mientras que UP ha perdido un poco más de 600.000 votos y le ha costado 7 diputados. ¿Y al PP cuántos votos le han hecho falta para subir esos 22 diputados? “Solo” 646.216. Es injustificable cómo la regla D´Hondt premia los partidos que sobrepasan un determinado porcentaje de votos. ¿Qué porcentaje? Vox ha pasado del 10% de los sufragios al 15%, puede deducirse que ahí está la clave. Evidentemente, es la combinación de este sistema  con la circunscripción provincial lo que hace que muchos votos de partidos estatales se pierdan, a la vez que los partidos que concentran su electorado en unas pocas circunscripciones se vean beneficiados.

En lo relativo a los aspectos más relevantes de estas elecciones, uno de ellos es el hecho de que más de 3 millones y medio de personas han decidido votar a una opción claramente de extrema derecha. No tendría sentido pensar que toda esta masa social es nueva, dado que una parte de esta población antes se encontraba integrada en el Partido Popular, quien otrora, con sus 10 millones de votos, aglutinaba desde el centro-derecha hasta la derecha más extrema. Eso sí, ¿cómo se explica el casi millón de personas que no votó a Vox en abril y ahora sí? Una parte proviene, sin ninguna duda, de Ciudadanos, pero ¿y el resto? Es razonable pensar que los conflictos ocurridos en Cataluña, a consecuencia de la sentencia del procés, e incluso la reciente exhumación de Franco, hayan podido contribuir a movilizar o incluso a polarizar cierta parte de la sociedad. A esas circunstancias, hay que sumar el atractivo que está ejerciendo Vox sobre la gente joven que quizá haya votado por primera vez en estos comicios. En cualquier caso, Vox ha venido a ocupar un espacio que mayoritariamente ya existía en la sociedad española, y entiende que Vox le representa mejor.

El otro gran protagonista de la jornada electoral ha sido Ciudadanos, aunque en este caso para mal. La formación naranja ha perdido más de dos millones y medio de votos, rebajando sus escaños de 57 a los 10. ¿Cómo puede explicarse semejante fuga de sufragios en tan solo 7 meses? Ciudadanos ha llevado hasta las últimas consecuencias su indefinición. Inicialmente se postuló como un partido de “centro” (derecha), moderno y liberal, un espacio que en España no estaba suficientemente representado por el Partido Popular. Pero recientemente evolucionó hacia posturas más radicales y conservadoras. Ese cambio estaba motivado por su afán de abarcarlo todo, aunque paradójicamente se quedó sin abarcar casi nada. Esa indefinición terminó por dejarle sin un espacio que ocupar, porque el electorado más conservador probablemente prefirió al PP o VOX, y los más moderados debieron pensar que Ciudadanos se había escorado mucho a la derecha, quizá una parte de estos últimos se hayan abstenido en estas elecciones. Pese a ello, hay otros elementos que contribuyeron a su rápido desgaste como su negativa a considerar pactar con el PSOE.

Asimismo, habría que considerar que Podemos (o ahora UP) no ha dejado paulatinamente de perder votos, precisamente porque no deja de hacer algo parecido a lo de Ciudadanos. Ni siquiera su alianza con Izquierda Unida consiguió frenar esa tendencia. El recurso al partido catch-all o “atrapalotodo” es más habitual de lo recomendable, porque no siempre se rentabiliza igual que lo hacen el PSOE y el PP, los cuales poseen demasiado poder institucional y también han tejido ciertas redes clientelares que se mantienen a día de hoy. Es destacable que VOX rechazara esta táctica y sean los únicos que han mejorado. De hecho, este partido ha aumentado su poder institucional, puesto que, y esto es importante, al alcanzar los 50 diputados va a poder presentar recursos de inconstitucionalidad, algo que podría hacer con la Ley de Violencia de Género, ya que la ha criticado en numerosas ocasiones. Además, podrá tener su correspondiente cuota cuando se renueve el Tribunal Constitucional o el CGPJ.

En definitiva, en lo concerniente a la formación de gobierno, los cambios mencionados solo han afectado a las distintas formaciones, pero no a los dos bloques en liza. Dichos bloques se mantienen casi iguales. Así pues, el bloque de la izquierda (PSOE, UP y Más País) cuenta con 158 escaños, perdiendo 7; mientras que el de la derecha (PP, VOX y Cs) ganó unos 3, por lo que ahora tiene 150. Los cambios son mínimos, aunque en este caso la derecha no tiene ninguna posibilidad de alcanzar acuerdo alguno, por ejemplo, con ERC y Junts per Catalunya, mientras que el bloque de la izquierda podría llegar a conseguir algo. La mayoría absoluta que se exige en una primera votación parece inalcanzable para ambos bloques, pero la mayoría simple (más votos a favor que en contra) que se pide 48 horas después, sí puede lograrse porque aquí las abstenciones tienen un valor muy alto. En cualquier caso, estas posibilidades también estaban sobre la mesa tras las elecciones de abril, pero los partidos hicieron prevalecer sus intereses sobre los generales. Algo que a estas alturas no debería sorprendernos.

 

Elecciones generales 2019: la victoria de la izquierda y la crítica al sistema D´Hondt

Las elecciones generales de este domingo 28 de abril han configurado un escenario político en el que la correlación de fuerzas del Parlamento se ha visto alterada sustancialmente, dejando un Partido Popular muy tocado. Para explicar estos hechos es importante que el análisis tenga en cuenta tanto el número de votos como el de escaños. Por otra parte, solo se considerarán los votos destinados al Congreso de los diputados y no al Senado, debido a que la primera de las cámaras es, con diferencia, la más importante. Esto se explica, por ejemplo, cuando recordamos que el presidente del Gobierno es elegido por el Congreso. Asimismo, aunque nuestro sistema legislativo se considere de doble lectura[1] la posibilidad de veto que tiene el Senado, puede ser superada muy fácilmente por el Congreso. Del mismo modo, no debe olvidarse que es el Congreso quien autoriza la convocatoria de referéndums, ni tampoco el papel que éste juega en la declaración de los estados de alarma, sitio y excepción. De esta manera, el Senado, ahora controlado por el PSOE, es un adorno muy caro que en la práctica solo sirve para ratificar la aplicación del 155 cuando es propuesto por el Gobierno.

En lo concerniente al análisis puramente electoral lo más destacable es la victoria del Partido Socialista que ha obtenido 7.480.755 de sufragios, lo que supone un incremento de 2.036.909 votos respecto de las últimas elecciones. En lo relativo al Partido Popular, cabe decir que 4.356.023 de personas han dejado de creer en su proyecto. Es un descalabro monumental que ha obligado a la formación conservadora a conformarse con 66 diputados. Para disponer de todos los elementos de juicio también deben recogerse las cifras de los otros tres partidos más importantes (Unidas Podemos, Ciudadanos y VOX). En este sentido, la formación morada ha perdido 1.312.235 de votos y, además, se encuentra en ese punto concreto en el que la regla D´Hondt[2] le penaliza haciéndole perder 29 diputados. Además, Ciudadanos ha conseguido 995.030 sufragios más, lo que le ha permitido sumar 25 nuevos diputados. Por último, Vox ha entrado en el Congreso con un apoyo de 2.677.173 de votos, logrando más de dos millones respecto a su testimonial presencia de las últimas elecciones, lo que se traduce en 24 diputados.

¿Qué interpretaciones se pueden hacer de estas cifras? En primer lugar hay que considerar algo importante, y es que es muy posible afirmar que estas elecciones fueron los comicios del miedo. Desde la izquierda se quería evitar que la derecha y la ultra derecha pudieran formar gobierno y retrotraernos 10, 20, 30 o más años en el tiempo. Por otro lado, la derecha estaba asustada de que los independentistas pudieran influir en el posible gobierno y que eso llegara a implicar desde el indulto a los presos catalanes hasta, en última instancia, la convocatoria de un hipotético referéndum que pudiera “romper” esa España tan importante para la derecha. Por consiguiente, el miedo ha sido el elemento que ha hecho reaccionar a los votantes de ambos bloques, registrando en estas elecciones una participación del 75,75%, casi 10 puntos más que en las últimas. Pese a ello, es llamativo que, bajo estas circunstancias, más de 8 millones de personas hayan decidido abstenerse, superando incluso los apoyos que ha recibido el PSOE.

En consecuencia, el bloque de la derecha (PP, Ciudadanos y VOX) ha sumado 11.169.796 votos. No obstante, conviene recordar que, en 2011, el Partido Popular consiguió la mayoría absoluta con 10.830.693 de votos. Por tanto, la derecha dividida en tres formaciones, solo ha logrado movilizar a 339.103 personas más que el Partido Popular en 2011. Dejando a un lado posibles variaciones en el censo, es muy destacable la capacidad que tenía entonces el PP de concentrar casi todo el voto de la derecha. Sin embargo, ahora cabe plantearse la siguiente cuestión: ¿la máxima movilización de la derecha está limitada aproximadamente a 11 millones de votos? Por el contrario, el bloque de la izquierda (PSOE y Podemos) obtuvo algunos apoyos más, en concreto 11.213.684. De esta manera, se infiere que los reclamos electorales de la izquierda han convencido más que los de la derecha. Unos reclamos que, en realidad, no dejan de ser los problemas económicos y sociales de la llamada “gente corriente”. Mientras que, el actual reclamo estrella de la derecha, es decir la exaltación, quizá desproporcionada, de la idea de España como nación, puede que no se encuentre entre las máximas prioridades de la gente. De hecho, cuando España, en 1898, perdió sus últimas colonias a casi nadie pareció importarle demasiado.

Por todo ello el bloque de la izquierda se ha impuesto al de la derecha, aunque hay que remarcar que solo le ha aventajado en 43.888 votos. Entonces, ¿cómo es posible que, con esta pequeña diferencia, PSOE y Podemos hayan conseguido 18 escaños más que PP, Ciudadanos y VOX? Esta pregunta es pertinente porque partidos como PACMA y Front Republicà han conseguido respectivamente 326.045 y 113.008 votos, pero sin alcanzar ningún escaño. Esta anomalía responde a una disfunción propia de la regla D´Hondt que supra-representa a los partidos cuando sobrepasan un determinado umbral de votos. Esta circunstancia es la que se ha dado ahora con el PSOE. En cambio la derecha, al concurrir fragmentada, ha visto como en cada circunscripción[3] ha perdido muchos diputados, lo que hace que los escaños conseguidos no se correspondan con sus votos. En conclusión, la relativamente amplia victoria en escaños de la izquierda responde a lo mismo que tradicionalmente ha hecho ganar a la derecha en otras tantas ocasiones: los defectos del método D´Hondt sumados a unas circunscripciones electorales más o menos pequeñas. Ahora bien, en este caso la habitual apelación estratégico-electoral del PSOE del “voto útil”, ha resultado ser especialmente efectiva.





[1] Las leyes deben ser aprobadas primeramente en el Congreso (cámara baja) y luego ratificadas por el Senado (cámara alta).
[2]
Es el método (proporcional) que permite convertir los votos en escaños.
[3]
En las elecciones generales la circunscripción electoral es la provincia. De esta manera, cada una de las provincias tiene un número determinado de escaños en juego, que serán repartidos (mediante la regla D´Hondt) proporcionalmente entre los partidos que se presenten.

Los motivos de la abstención

¿Qué significa abstenerse? Sencillamente no participar en algo a lo que se tiene derecho. En política, concretamente, la abstención hace referencia a la posibilidad de no ejercer el voto en las elecciones. En este sentido, votar es un derecho (sufragio activo) y como tal se encuentra recogido en la Constitución Española. Al respecto, conviene recordar que un derecho no puede ser al mismo tiempo un deber, ya que no existe sanción al respecto. Un derecho solo impone obligaciones a terceras personas, para que éstas no impidan su ejercicio. Ahora bien, más allá de la pura concepción jurídica, hay otros muchos elementos que vale la pena analizar.

Lo primero que hay que remarcar es que, evidentemente, algunas personas no votarán debido a una falta de interés por la política, pero la abstención consciente y crítica tiene alto un grado de sentido. La premisa es clara y sencilla: si no se está de acuerdo con el sistema se decide no participar en él. A este pensamiento se le contrapone otro que defiende que el sistema se puede cambiar votando. ¿Realmente es así? Aunque no sea indiferente el partido que gobierne, cualquier formación política que concurra a unos comicios difícilmente transformará el sistema. Esta afirmación se explica porque ningún actor busca que el sistema, del cual forma parte, sufra modificaciones sustanciales, debido a que éstas pueden empeorar su situación o, incluso, dejarles fuera. Para estos actores la certeza es lo más deseable.

Este hecho no significa que un partido no pudiera tener, en sus inicios, un considerable potencial revolucionario-transformador, sin embargo una vez ingresa en el sistema dicho potencial queda desactivado. ¿Cómo? Mediante un complejo sistema de subvenciones que liga al partido (y sus miembros dirigentes) con el Estado, al mismo tiempo que el siempre atractivo ejercicio del poder por una minoría, sumado a sus privilegios (sueldos, pensiones, aforamientos, etc.) diseña una identidad de clase (política), que perpetúa la histórica dicotomía gobernantes-gobernados. Bajo estas condiciones, la clase política se aleja de la ciudadanía, aflorando intereses cada vez más contrapuestos. En este entramado, aunque cada partido sostenga un relato distinto, resulta casi imposible que aquella doctrina socialdemócrata de “cambiar el sistema desde dentro” se cumpla. Tanto es así que llevan más de 100 años intentándolo.

En consecuencia, no solo es que el voto difícilmente cambie el sistema, sino que además curiosamente también lo refuerza. ¿Por qué? Es una cuestión de observar de dónde obtiene la legitimidad un sistema que no prevé referéndums vinculantes y cuyas ILP´s tienen un reducidísimo campo de acción. De acuerdo con esto, su legitimidad descansa, exclusivamente, sobre el número de personas que participan en el único proceso político del que pueden formar parte. Este proceso (las elecciones) es muy limitado, puesto que se reduce a escoger una lista de entre las que previamente han sido elaboradas por las cúpulas de los partidos. De esta manera, en cada uno de estos procedimientos subyace, en realidad, un plebiscito de aceptación o rechazo al régimen. De modo que, mientras la abstención no sobrepase un cierto porcentaje, pudiéndose ser éste un 50%, el régimen interpreta que la ciudadanía lo apoya.

Además, cabe destacar que la codiciada mayoría absoluta del Congreso no tendrá la misma fuerza si se consigue en unas elecciones en las que ha votado, por ejemplo, el 60% del electorado en vez de un 80%. Por esas razones, la clase política al completo reproduce, sin discrepancia alguna, el típico mensaje de: “votad al partido que sea, ¡pero votad!”. En realidad, la propaganda pro sistema siempre ha ido en esa dirección, intentando en ocasiones hacer parecer a la abstención algo moralmente cuestionable. De esta manera, surgen mitos como aquel que esgrime que “el que no vota no tiene derecho a quejarse”. Si se siguiera este razonamiento la población tampoco podría protestar ante la aprobación de una ley, dado que no tuvo ocasión de votarla. Así que, no es la participación en algo lo que otorga el derecho a quejarse (de ser así se terminarían los debates sobre deportes), sino la pertenencia a una sociedad. Pese a todo lo dicho, el voto es una opción muy personal y debe ejercerse en conciencia, porque es sumamente difícil saber a qué partidos beneficiará o perjudicará el sentido del voto de una persona.

¿Qué es "La democracia representativa y otros cuentos de hadas"?

Es un ensayo que defiende sencillamente que la representación política no puede ser democrática. Quizá sea una apuesta arriesgada, pero ha intentado desarrollarse con sentido. De hecho, es una adaptación de mi tesis doctoral.
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Para demostrar esa hipótesis se parte de la sugerente idea de que la representación política no proviene de ningún legado grecorromano, sino que tiene su origen en los bosques de Germania. De esta manera, tendrá lugar una cronología que permitirá observar cómo esta fórmula política ha ido evolucionando hasta que terminó confundiéndose con la democracia. 

Asimismo, el ensayo articula una potente crítica a la representación, apoyándose en el pensamiento de autores clásicos como Rousseau, pero sin descartar otras corrientes de pensamiento. Además, tampoco elude responder a una cuestión clave: si la representación política no es democrática, ¿por qué actualmente goza de tan buena salud?

Por último, se hará también una breve defensa de la democracia ateniense y la República romana, para terminar ofreciendo una propuesta propia inspirada en el sistema político ateniense. Dicha propuesta aspira a superar los escollos que hoy pueden haber al respecto, con la finalidad de ofrecer una alternativa realmente democrática para la actualidad.
      
     

¿Existe legitimidad en la autoproclamación presidencial venezolana?


El hecho del que parte la controversia ocurre el pasado 23 de enero, cuando Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, decide autoproclamarse presidente de Venezuela. Ahora bien, para comprender su alcance deben recordarse dos acontecimientos más. El primero es cuando, en el año 2015, el “chavismo” pierde las elecciones legislativas y en consecuencia el control de la Asamblea Nacional. Sin embargo, en mayo de 2018 Nicolás Maduro sí consigue ganar la presidencia del país, ya que logra imponerse en las elecciones presidenciales. De aquí se deduce un rasgo diferencial: en Venezuela, al menos teóricamente, existe una división entre el poder legislativo y ejecutivo, dado que nacen en dos procedimientos diferentes. Por lo tanto, la situación política actual en Venezuela se asemeja a lo que los franceses llamarían “cohabitación” y es que el jefe del Estado (Maduro) no tiene la mayoría en la cámara legislativa.

Dicho esto, es fácil imaginar que en un país tan polarizado como Venezuela esta situación genera un clima tenso entre el legislativo y el ejecutivo. No obstante, el quid de la cuestión es que aquellas elecciones presidenciales del 2018 fueron tachadas de fraudulentas por buena parte de la oposición. Al respecto, cabe mencionar que hubo unos 2000 observadores internacionales, entre los que puede destacarse el expresidente Zapatero, que mayoritariamente reconocieron la limpieza del procedimiento electoral. De hecho, el presidente del Consejo de Expertos Electorales de Latinoamérica sentenció que «estas elecciones deben ser reconocidas por todos». Por consiguiente, las elecciones presidenciales, pese a sus altos niveles de abstención, deben presumirse válidas. Por tanto, si se acepta participar en un sistema representativo como es el venezolano, también debe aceptarse que la ciudadanía haya elegido depositar su confianza en un político que pueda suscitar controversias.

En relación con lo anterior, la gestión de Maduro podrá ser más o menos afortunada, pero eso sucede en todos los países del mundo. Incluso, habrá quien piense que actúa de manera déspota para salvaguardar su poder. Lamentablemente ésa es la esencia del poder político, y los presidentes de Gobierno están a la cabeza de una organización política que son los Estados que, como ya dijo Max Weber, poseen el monopolio de la violencia física legítima. La mera sustitución de una élite política por otra no terminará con ese problema. Por ello, retomando el tema del artículo, esas críticas que pueden hacerse a Maduro no justifican que su mandato termine antes de lo que dicta la ley. Es decir, la autoproclamación presidencial de Guaidó no puede sostenerse solo con criterios políticos, sino que necesitaría contar también con un respaldo legal. Su equipo, sabedores de este hecho, no han tardado en invocar algunos artículos de la Constitución venezolana.

Esa interpretación de la Constitución venezolana ha sido generosamente recogida por los medios de comunicación, sin embargo es necesario realizar una pequeña observación de la norma suprema venezolana para poder extraer conclusiones certeras. Los artículos en cuestión son principalmente el 233 y el 333. Así pues, la parte difundida del 233 establece que cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo se convocarían nuevas elecciones, encargándose mientras tanto de la presidencia el Presidente de la de Asamblea Nacional. Ahora bien, el propio artículo recoge a su vez que las faltas absolutas son: muerte, renuncia, destitución por el Tribunal Supremo, incapacidad permanente certificada por junta médica, abandono del cargo o revocatoria popular. Puesto como no se da ninguno de estos casos no puede siquiera plantearse el debate.

El 333 dicta que la Constitución no perdería su vigencia aunque deje de observarse por acto de fuerza o por haber sido derogada por otro medio no prevista en la misma. Después añade que en ese caso todo ciudadano (con o sin autoridad) tendría el deber de colaborar en su reestablecimiento. La situación no es lo suficientemente clara para aplicar este artículo, ya que primero debería poder probarse que la Constitución ha sido derogada o ha dejado de aplicarse. No considero suficiente con que algunos preceptos de la misma no se apliquen adecuadamente, dado que se menciona la Constitución como un bloque. Paradójicamente, este artículo parece tener un mejor encaje si se busca reestablecer la Constitución en caso de que un golpe de Estado la derogase. Precisamente, eso es lo que pasó durante el golpe de Estado del 2002, el cual fue un mejor escenario para invocar este artículo.

En este sentido, aunque estos dos artículos puedan tener multitud de interpretaciones, su contenido no parece suficientemente taxativo como para amparar legalmente esta autoproclamación. Por otro lado, el presunto fraude de las elecciones presidenciales del 2018, las polémicas actuaciones de Maduro o la situación económica del país tampoco la justifica. Obviamente, dicha autoproclamación responde a unos intereses políticos, pese a que intente obtener cierta legitimidad. Una legitimidad que se está intentando buscar a nivel internacional con el reconocimiento de Guaidó, por parte de los gobiernos de otros Estados, como presidente de Venezuela. Con todo, hay que tener en cuenta que lo que otorga legitimidad es el reconocimiento de Estados, para que éstos se constituyan como sujetos de Derecho Internacional y puedan, así, celebrar acuerdos y tratados con otros sujetos de Derecho Internacional. Pero este tipo de reconocimientos de gobiernos, además de un evidente acto de injerencia, puede plantear problemas. Por ejemplo, si un gobierno reconoce a Guaidó, y quiere comerciar con Venezuela en esta situación, ¿con qué gobierno de los dos debería alcanzar el acuerdo?

En última instancia es difícil reconocer la legitimidad de todo este entramado, ya que en los sistemas representativos ésta proviene generalmente de la elección popular. Es decir, bajo estas condiciones, la población acepta delegar unas facultades específicas de gobierno en una o varias personas determinadas. Guaidó fue elegido para ser diputado de la Asamblea Nacional, y después por ésta para ser su presidente. Su mandato es ése y viene determinado por esta circunstancia, consecuentemente la autoproclamación transgrede este mandato. Por otra parte, tampoco se trata de un recurso que se encuentre en la Constitución, como puede ser la revocatoria popular. Por todo ello, presenta muchos problemas: no cuenta con un apoyo popular tangible, ni parte de una base legal palpable, ni tampoco existen unas razones suficientemente contundentes que lo justifique. En realidad, salvo en situaciones extremas, se debe favorecer la normalidad política y ésta dicta que es el voto popular el que debe poner y quitar gobiernos.

 
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21-01-2019: PP, Ciudadanos y Vox: Una derecha con tres cabezas

PP, Ciudadanos y Vox: Una derecha con tres cabezas


El pacto alcanzado en Andalucía, por los tres partidos mayoritarios de derechas en España, sirve para ilustrar cómo la derecha también sabe alcanzar acuerdos. Es cierto que no es un pacto que hayan firmado simultáneamente las tres formaciones políticas, pero éstas sí tuvieron que sumar sus fuerzas para que el candidato del Partido Popular fuera investido. Ahora bien, el hecho de que haya habido negociaciones nos permite deducir que no eran formaciones idénticas, ya que de ser así el acuerdo habría sido inmediato. Asimimo, que dichas negociaciones hayan terminado siendo fructíferas nos permite concluir que existía cierta sintonía, de lo contrario no habría podido haber un marco de entendimiento que posibilitara los acuerdos. Dicho esto, después de Andalucía habrán más citas electorales en las que tres fuerzas políticas netamente de derechas, cada una con sus propias expectativas, van a competir. Es una circunstancia inédita en el sistema político español que bien merece un pequeño análisis.

Primeramente, son tres partidos de derechas, de eso no cabe ninguna duda. Al respecto, los tres comparten, por ejemplo, un programa económico de corte liberal, orientado hacia la bajada de impuestos, y también cuentan con un fuete componente nacionalista (central). Sin embargo, es interesante estudiar sus diferencias. El Partido Popular es un partido marcadamente conservador en lo social que, pese a sus intentos por modernizarse, es en buena medida ese hijo sociológico del franquismo al que le cuesta mucho quitarse esa losa ideológica que le impusieron sus siete padres, apodados los siete magníficos. Es un producto que refleja esa España profunda, tradicional pero que también ha absorbido ciertos matices liberales, sobre todo en lo económico, pues de lo contrario habría adoptado una economía más proteccionista.

Por otro lado, el partido de Génova es el más veterano de los tres y eso se nota. Pese a que no cuenten con escuelas de formación para sus cuadros, como sí sucede en los partidos de izquierdas, se aprecia más “oficio” (llamémoslo así) en sus actuaciones, las cuales están siempre guiadas por el pragmatismo. En relación con esto no conviene olvidar como, en 2016, consiguieron hacerse con la presidencia del Gobierno, logrando tanto el apoyo de ciudadanos como la polémica abstención del PSOE. Y, en lo concerniente a Andalucía, al ver que las cifras daban no dejaron escapar la oportunidad de conseguir el gobierno de esta comunidad. Su vocación de gobierno siempre va a determinar sus acciones políticas.

El segundo de los partidos, Ciudadanos, es un partido en constante cambio, pero corre el riesgo de convertirse en aq río del que hablaba Heráclito. Al respecto, el filósofo griego argüía que como todo está en constante cambio resulta imposible bañarse dos veces en el mismo río, porque no encontraremos la misma agua. Cuando nació el partido naranja parecía querer proyectar una imagen más socialdemócrata, pero pronto viró hacia la derecha. En este sentido, su respuesta al nacionalismo catalán fue más nacionalismo español. Fueron estrictamente reaccionarios, en vez de apostar por vías ilustradas o democráticas. Por otra parte, también es significativo que Ciudadanos, hace unos años, mostraba una actitud crítica y en ocasiones ambigua frente a la violencia de género, tanto es así que en su programa electoral figuraba lo siguiente: « pero que la violencia de género sea infligida más frecuentemente por hombres contra mujeres...». Evidentemente, era una afirmación sumamente imprecisa, dado que lo que caracteriza a la violencia de género es precisamente que es ejercida por un hombre hacia una mujer.

No obstante, y esto es más visible a raíz de la irrupción de Vox, da la sensación que Ciudadanos ha iniciado un viaje hacia una derecha más moderada. Esto puede constatarse en su negativa a relacionarse con Vox o, precisamente, porque ahora parecen abordar el problema de la violencia de género con más contundencia que antes. En realidad, aunque el terreno electoral de la derecha esté más saturado que nunca, puede haber un interesante granero de votos en la derecha más moderada, quizá ahora algo más olvidada por el PP y Vox. Ese aspecto puede no haber sido pasado por alto por Ciudadanos. En cualquier caso es importante, para sus aspiraciones, que deje de ser ese “partido muleta” que solo sirve para que salgan gobiernos (como en el año 2015 en Andalucía y en Madrid, o aquella presidencia del Gobierno en 2016). En consecuencia, debe saber rentabilizar que ahora formará parte del Gobierno de Andalucía.

Por último, ¿qué se puede decir de Vox? Es el partido más reciente de los tres y su aparición en la escena mediática se ha acompañado principalmente de dos elementos: la defensa a ultranza del nacionalismo español y su desafección con la actual ley de violencia de género. En lo social es el más conservador de los tres, mientras que en lo económico, gracias a sus propuestas de bajadas de impuestos (IRPF, sociedades…) o directamente supresiones de los mismos (patrimonio, sucesiones y plusvalías municipales), también se sitúa muy a la derecha. En realidad, dado que es un partido español muy conservador es inevitable que beba, en muchos aspectos, del clásico nacionalcatolicismo. Ahora bien, pese que su discurso sirva para captar algunos votos, los extremos políticos no son grandes caladeros de votos lo que inevitablemente le llevará, con el tiempo, a moderar su discurso para conseguir más apoyos. Puesto que, hoy en día, electoralmente hablando es imposible rechazar el funcionamiento de un partido catch-all o “atrapalotodo”.
 




El despertar de Vox: un análisis de su ideología


Las elecciones andaluzas, celebradas el domingo 2 de diciembre, nos han dejado dos hechos destacados: la más que probable marcha del PSOE del gobierno autonómico y la irrupción electoral de Vox, que entra en la escena política institucional con 12 diputados en el parlamento andaluz. En este sentido, la campaña electoral en Andalucía ha tenido un fuerte componente nacional que ha llevado Cataluña hasta el sur de la península. Por otra parte, el contexto de crisis, que generalmente favorece a opciones políticas que afirmen salirse de lo establecido, junto al hecho de que Vox lleve un tiempo en el disparadero mediático, terminaron brindando este sorprendente resultado.

En cualquier caso, Vox ha entrado en las instituciones y esto ha implicado que aparecieran muchos análisis de su ideología. Sin embargo, ésta también debe estudiarse desde las herramientas que nos ofrece la Ciencia Política. Por consiguiente, la primera pregunta que nos haríamos es: ¿cómo se determina la ideología de un partido? Con la ayuda de unos indicadores llamados cleavages, o ejes (en castellano), que son los elementos sobre los que se asienta toda ideología. Así pues, estos ejes son 4:
  • Nacionalismo central/nacionalismo periférico.  
  • Izquierda/derecha (también llamado cleavage de clase).  
  • Iglesia/Estado.  
  • Campo/ciudad.

Evidentemente, cabe señalar, que en cada país o en cada época algunos cleavages estarán más presentes que otros. Por otro lado, es conveniente aplicar esta metodología tomando como base un documento donde el partido ofrezca sus propuestas políticas. En este caso, el que más se ajusta es el de «100 medidas para la España Viva».

Nacionalismo central/ nacionalismo periférico

Este eje está especialmente presente en la ideología de Vox, dado que su apuesta por la idea de España es fuerte y destacada. De hecho, su primer bloque lleva por nombre «España, Unidad y Soberanía» y su primera medida es la de «suprimir la autonomía catalana hasta la derrota sin paliativos del golpismo». Además, dentro de dicho bloque también se busca reforzar la protección jurídica de los símbolos de la nación (española) especialmente la bandera, el himno y la Corona, incluyendo el agravamiento de las penas por las ofensas y ultrajes a España. Los símbolos políticos son importantes para reforzar los sentimientos nacionales, algo que en Vox conocen bien, pero esto podría limitar todavía más la libertad de expresión. En otro orden de cosas, más allá de la nación como construcción histórica, en su punto sexto se sugiere transformar el Estado autonómico en otro unitario, estableciendo además un solo gobierno y parlamento para España. Una medida sumamente centralista que no detalla cómo gobernarían los territorios del Estado que, llegado el caso, ya no serían comunidades autónomas.

Complementariamente, el punto octavo propone un «Plan integral para el conocimiento, difusión y protección de la identidad nacional y de la aportación de España a la civilización y a la historia universal, con especial atención a las gestas y hazañas de nuestros héroes nacionales». Dado su carácter de integral, puede deducirse que también alcanzaría la educación, lo que seguramente implicaría su instrumentalización tal y como ha hecho el poder político siempre, en consonancia con aquella máxima de Gil de Zárate de que «la enseñanza es cuestión de poder; el que enseña, domina». En último lugar, debe destacarse lo recogido en el punto 83: «Anteponer las necesidades de España y de los españoles a los intereses de oligarquías…». Pese a la necesidad de frenar las pretensiones de ciertos colectivos, resulta muy esclarecedor que Vox sitúe primero las necesidades de ese sujeto llamado «nación» (española) y de los españoles frente a otros como ciudadanía, población u otros con connotaciones más universales. Además, la gran parte del texto reivindica la importancia del español como lengua, no refiriéndose ni una solo vez a ésta como castellano, lo que denota todavía más la intencionalidad de vincular lengua y proyecto nacionalista español.

Izquierda/ derecha

Este cleavage o eje medirá principalmente el grado de intervencionismo estatal y el grado de progresividad de los impuestos, siendo ambos elementos más próximos a la izquierda. En este sentido, el punto 37 persigue la supresión de todo impuesto o tasa para la constitución de cualquier tipo de empresa. El 39 busca reducir el IRPF, fijando un tipo fijo del 20% hasta los 60.000 euros anuales. Aquí conviene mencionar que actualmente de 35.200 euros hasta los 60.000 tributan al 37%. En realidad, menos tramos de IRPF implica menos progresividad.

Por otro lado, el 40 reduciría el impuesto de sociedades a un 20%, siendo del 15% en el caso de las PYMES, lo que recoge el punto 42. Asimismo, el 46 opta por suprimir los impuestos sobre el patrimonio, el de sucesiones y las plusvalías municipales. El 47 liberalizaría el suelo y el 52 eximiría a las pensiones de pagar el IRPF. Además, por último, el punto 61 establecería un cheque escolar para que los padres, con ese dinero, eligieran el colegio (se entiende que privado) en el que estudiarían sus hijos. Una medida que popularizó Milton Friedman y que, lógicamente, limitaría el poder del Estado. Quedaría por ver cómo casaría esta medida con el Plan Integral para la identidad nacional del punto 8.

Iglesia/ Estado

Lo más interesante para este eje es observar si el programa de Vox recoge los postulados religiosos. En consecuencia, el apartado 56 busca sacar de la Sanidad Pública las operaciones de cambio de sexo, aborto, etc. lo que claramente está en sintonía con los preceptos morales del catolicismo. Además, el 75 es más explicito, ya que dice: «Defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural». Es conocido que el catolicismo sitúa la vida en el mismo momento de la concepción, y esa es la razón principal esgrimida de esta religión para oponerse al aborto. En otro orden de cosas, también es conocido que Vox entiende que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer. Estos elementos sitúan a esta fuerza política en consonancia con algunos postulados morales provenientes del cristianismo.

Campo/ ciudad

Este cleavage actualmente no tiene un gran protagonismo en España, pero los partidos suelen dedicar algunas líneas al mismo. En este sentido, Vox en el apartado número 68 de su documento defiende la caza como «actividad necesaria y tradicional del mundo rural». Además, el número 69 persigue «combatir las desigualdades de oportunidades que separan a los ciudadanos del medio rural y del urbano». Estas menciones otorgan a Vox cierto carácter campero o rural, y es que no debe pasarse por alto que las formaciones políticas conservadores tienen un caladero importante de votos precisamente en ese mundo rural.

Conclusiones

A tenor de todo lo analizado aquí, se puede inferir que Vox es un partido marcadamente nacionalista español (centralista), superando incluso a partidos como PP o Ciudadanos. Ninguna de estas dos formaciones se ha atrevido a ir tan lejos respecto a las autonomías, ni sobre ningún plan integral identitario, ni tampoco han propuesto anteponer las necesidades de España frente a otros colectivos. Igualmente, es un partido puramente de derechas, también en un sentido económico, puesto que sus medidas en este campo son de carácter marcadamente neoliberal, muy ancladas a la derecha y enfocadas a una bajada generalizada de impuestos. Igualmente, también tienen buena sintonía con el catolicismo y el mundo rural, lo que es algo sintomático de los movimientos políticos conservadores en España. Igualmente, es llamativo que propongan la supresión del Jurado (popular), en su punto 95, una de las pocas medidas participativas de la sociedad en la cosa pública (junto a las ILP´s y los referéndums). Por último, también es significativo que la palabra «España» aparezca 16 veces en un texto relativamente corto, pero la palabra «democracia» no lo haga ni una sola vez.




El Consejo General del Poder Judicial y las maquinaciones políticas


«Y además controlando la sala segunda desde detrás y presidiendo la sala 61. (…) Nos jugábamos las renovaciones futuras de 2/3 del TS y centenares de nombramientos en el poder judicial, vitales para el PP y para el futuro de España»



El mensaje de Whatsapp, escrito por el portavoz del PP en el Senado en relación con el nombramiento fallido del presidente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), sirve para ilustrar cómo en el sistema político español es absolutamente imposible hablar de un poder judicial independiente. En este sentido, dicho mensaje nos invita a analizar este hecho desde dos puntos de vista; el primero examinando algunos aspectos del texto, pero el segundo debe incluir algo más importante como son los elementos que impiden la independencia del poder judicial. Por consiguiente, hay que intentar ir más allá de la anécdota, más allá de los enfrentamientos partidistas derivados del mensaje, y acudir a la raíz del problema para averiguar porqué España envió al ostracismo a Montesquieu y a Locke.

Primeramente, es necesario mencionar que el entrecomillado que aparece al principio del artículo no es todo el mensaje, sino una de las partes más interesantes. En relación con esto, ¿por qué es importante controlar esa sala segunda?, ¿y a qué sala segunda se refiere? Se está hablando de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, que es precisamente la Sala de lo Penal. La importancia de controlar dicha sala radica en que, dada la situación de aforados de muchos políticos, es ahí donde éstos si se diese el caso deberían ser juzgados. Además, para comprender todo el entramado hay que añadir que el presidente del Tribunal Supremo es el mismo que el del Consejo General del Poder Judicial, quien además es determinante para confeccionar las distintas salas del Tribunal Supremo. Por tanto, el interés del PP en elegir el presidente del CJPG no era algo baladí.

Ahora bien, respecto a lo anterior cabe mencionar que la Ley Orgánica del Poder Judicial establece en su artículo 586 que la elección del presidente del CJPG será llevada a cabo en la sesión constitutiva de este órgano, siendo necesario que su candidatura obtenga tres quintos de los miembros del pleno o, al menos, ganar una segunda votación entre los dos candidatos más votados. Esto es destacable porque, en realidad, PP y PSOE ya habían pactado un presidente, aunque finalmente éste renunciara. Esto significa que estas dos formaciones políticas buscaban delegar su voto en los miembros del CGPJ, que ellos mismos habían elegido, para que éstos después designaran al presidente que previamente se había pactado. ¿Cómo justificar esta intromisión?

En todo caso, la crítica no debe dirigirse solo hacia Partido Popular y Partido Socialista, puesto que ellos son solo dos actores de un sistema corrupto desde sus cimientos. Evidentemente, son dos actores importantes y, en cierta medida, también han colaborado en el diseño del sistema, pero no son el sistema, solo participan en él. En este sentido, existen unas reglas de juego, en cualquier caso muy alejadas de lo que sería una democracia, que acepta cualquier partido político que decide participar. ¿Qué más sorpresas depara este sistema? El Tribunal Supremo, el órgano jurisdiccional superior del país, es elegido por los miembros del CGPJ. ¿Y el Tribunal Constitucional? El guardián de la Constitución y quien debe resolver tanto recursos de inconstitucionalidad, como conflictos de competencias entre Gobierno y Comunidades Autónomas es elegido por otro sistema de cuotas entre Gobierno, Congreso, Senado y CGPJ.

Sin embargo, y pese a lo anterior, los despropósitos no se detienen ahí. Los doce consejeros de cuentas que componen el pleno del Tribunal de Cuentas son elegidos a medias entre el Congreso y el Senado. El Fiscal General del Estado es conocido que se elige por el Gobierno. Hasta el Defensor del Pueblo, que goza de cierto prestigio en nuestro país, es también designado por una comisión mixta Congreso-Senado, y además luego debe rendir cuentas a las Cortes Generales, ¡nada que ver con aquella valiente y potente figura de la República Romana que era el Tribuno de la Plebe! Dicho esto, aunque fuera posible continuar, debe mencionarse que existe un evidente problema de concentración de poder: los tentáculos del Gobierno y de los partidos con mayor representación en las Cortes van a ser enormes. Algo más grave en nuestro sistema ya que el Gobierno (poder ejecutivo) cohabita con el poder legislativo.

Consecuentemente, hay que abordar una cuestión: ¿el hecho de que los diputados y la mayoría de los senadores[1] sean votados por la ciudadanía es suficiente razón para que éstos elijan a los miembros de tantos órganos? El hecho de que un reducido grupo de personas influyan decididamente en la conformación de tantos órganos, los cuales además teóricamente deberían supervisar la acción de los primeros, solo puede conducir al despotismo, y éste tenderá a comportarse de la misma manera, aunque tenga un origen popular. Las monarquías absolutas del siglo XVIII eran déspotas porque hacían las leyes, las aplicaban y, si era necesario, también las interpretaban sin que ninguna otra institución se les pudiera oponer. De este modo, el mayor problema de esas monarquías no era que no fueran electivas, sino todo el poder que concentraban, tal y como sucede con los gobiernos actuales.




[1] Una parte de los senadores son elegidos por las asambleas legislativas de las Comunidades Autónomas.