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¿Existe el patriarcado?


En la actualidad, cuando nos preguntamos acerca del patriarcado, parece como si éste se encontrara ya superado, y no tuviera sentido hablar de él. Se arguye generalmente que el machismo, al menos en la mayoría de países desarrollados, prácticamente ha desaparecido. Este hecho, debatible en cualquier caso, no sirve para desacreditar totalmente que el patriarcado pueda seguir existiendo. Pero, ¿por qué?, ¿el patriarcado no es machista? Sí, aunque así como el machismo es relativamente sencillo de apreciar cuando, por ejemplo, un varón manifiesta que el sitio de las mujeres es la cocina; el patriarcado, actualmente, se apoya sobre una discreción que ha conseguido que interioricemos muchos aspectos del mismo sin darnos cuenta.

Cuando las personas interiorizamos algo, es muy posible que convivamos con ese elemento sin que lo pongamos nunca en solfa. ¿Podría suceder algo parecido con el patriarcado? Alicia Puleman habla del <<patriarcado de consentimiento>>, y de <<patriarcado de coerción>>. Mientras en el segundo de ellos el dominio sobre la mujer se ejerce mediante instrumentos represores, como un ordenamiento jurídico destinado a tal efecto, el primero destaca por su sutileza. El propio sistema establece un arquetipo de mujer que ha de ser alcanzado por todas las demás. Qué decir tiene, que ese prototipo ha sido diseñado por quienes ostentan los medios para ello, por lo que esa mujer “ideal”, lo será única y exclusivamente para esos diseñadores. Por tanto, bajo estas condiciones, se establecen unos cánones heterónomos, para las mujeres, que éstas deben alcanzar para sentirse realizadas. ¿Acaso no pueden ser patriarcales unos zapatos de tacón?

Tampoco hay que olvidar que la meta de cualquier sistema es su propia supervivencia. De manera que, ese arquetipo de mujer al que se aludía antes tiene sobre todo un objetivo principal: no cuestionar su vigencia, mientras las propias mujeres además se encargan de propagar estos valores. A pesar de ello, esta situación no significa que ambos tipos de patriarcado no puedan complementarse. Por ejemplo, la penalización del aborto conlleva intrínsecamente un mensaje muy claro: “tú, mujer, no eres la dueña de tu cuerpo ni de tus funciones reproductoras; esa parcela de tu vida privada pertenece al Estado”.

En consecuencia, ¿qué es el patriarcado?, ¿conseguir que las mujeres lleven tacones sin quejarse? En primer lugar, es un sistema, puesto que hay un conjunto de actuaciones encaminadas a la obtención de un objetivo. Pero, además, es un sistema de explotación, en tanto en cuanto implica ejercicio de poder de un grupo sobre otro, sin que existan unas condiciones que lo legitimen. Su origen pudo estar en la etapa en la que la humanidad era cazadora recolectora y las mujeres se dedicaban a la recolección y los hombres a la caza. por eso se sospecha que fue a una mujer a quien se le ocurrió cultivar una semilla por primera vez en la Historia. Así pues, cuando las personas comenzaron a vivir en asentamientos y la caza, debido a la agricultura, fue perdiendo sentido, ¿por qué entonces se decidió mantener esa división competencial, entre hombres y mujeres, que confinó definitivamente a la mujer al ámbito interno del hogar? Por aquel entonces, la organización política cobraba una nueva dimensión, y los antiguos cazadores (varones), ahora reconvertidos en guardianes de aquellos primeros poblados, ocuparon el poder de las primeras organizaciones políticas verdaderamente complejas.

Desde ese momento las imposiciones sobre las mujeres, más o menos sutiles, no han cesado. Por esa razón, acierta el feminismo radical, en contraste con el feminismo liberal o de izquierdas, cuando busca los motivos del patriarcado más allá de la explotación económica. De hecho, si las causas del patriarcado se encontraran solo en esa “reducida” parcela, obviando los numerosos elementos culturales que subyacen en ella, sería posible afirmar que éste podría no estaba presente en las primeras etapas de la humanidad. No obstante, Gerda Lerner, argumentó que, incluso en las antiguas sociedades matrilineales[1], la mujer ya se encontraba sometida al poder político y social del varón. Para tratar de justificar esa situación, hubo que potenciar deliberadamente una pequeña diferencia entre hombres y mujeres, el hecho de que nos dividimos en dos sexos, para construir los géneros. Solo así fue posible naturalizar una desigualdad que, en realidad, no existía y que fue creada, a posteriori, por nosotros mismos.


[1] Sociedades donde la línea de descendencia es marcada por la mujer

¿Es el aborto una cuestión moral?

El Roto, 30 de abril de 2013


En España, la cuestión del aborto lleva tiempo llenando las páginas de los periódicos. La razón es que el Gobierno del Partido Popular, a través de su ministro Gallardón, pretende sustituir la actual ley de plazos aprobada en 2010, por otra de supuestos. En una ley de plazos se puede abortar libremente hasta un momento determinado (en el caso de la ley española eran 14 semanas); en cambio, una ley de supuestos, como la que había antes, solo permite abortar en circunstancias específicas, como por ejemplo en casos de violación o peligro para la madre o el feto.

El escenario que nos plantea esta reforma implica un paso atrás, puesto que se menoscaba un derecho ya consolidado como el del aborto libre. Asimismo, volver a una ley de supuestos siempre es restrictivo, ya que será el Estado quien decida en qué casos la mujer puede decidir practicar un aborto. Un hecho que choca frontalmente con la autonomía individual, pues la persona, en este caso la mujer, ve limitada la capacidad de decidir sobre su propio cuerpo. Al hilo de este razonamiento es interesante plantear el siguiente dilema: ¿acaso el cuerpo de una persona no pertenece a ella misma?

El Gobierno justifica su reforma arguyendo que pretende reducir el número de abortos. ¿Eso es lo que se conseguiría o, por el contrario, aumentarían los abortos clandestinos? Esta pregunta tiene sentido, porque Holanda, donde el aborto es legal, cuenta con una de las tasas de abortos más bajas. En este logro tiene mucho que ver el correcto uso de los anticonceptivos. Por tanto, si el Gobierno relaciona aborto libre con un mayor número de abortos está incurriendo en una falacia. El aborto debe ser un recurso que debe poder emplearse en libertad, así como con sensatez, porque es una experiencia sumamente traumática para la mujer. Sin embargo, en este caso, la solución no es limitarlo, sino establecer políticas de educación sexual como las que pueden haber seguido en Holanda.

Es un debate complicado, ya que el aborto, parece ser, para la mayoría de las personas, una cuestión moral. Pero, ¿de dónde provienen esas normas o indicaciones morales? Como sabemos, la religión es una importante fuente de valores de este tipo, y además sirve de inspiración para el ideario conservador. Por ese motivo, y puesto que son los partidos de corte conservador quienes plantean restringir el aborto, debemos buscar en la religión las razones que los llevan a actuar de esta manera.

Para la religión, la unidad fundamental es la familia[1], a ella va dirigida la casi totalidad de su discurso, y si ésta peligra también lo hará su propia supervivencia. Por esa razón, el credo católico combate el aborto y la homosexualidad, porque ambos elementos ponen en jaque la denominada familia tradicional. Es una cuestión de poder. La Iglesia, no olvidemos que construida y manejada por varones, reserva a la mujer un papel secundario. A su vez, eleva la función reproductiva de la mujer a elemento protagonista para la construcción del género femenino; es decir, la mujer es concebida como medio para dar a luz a nuevos fieles, pero también como alguien que va a transmitir estos mismos valores a sus hijos.

En todo este planteamiento, la Iglesia observa una doble amenaza en el aborto. En primer lugar, es un instrumento que permite a la mujer manifestar el control sobre su propio cuerpo. Este hecho viene a indicar que, de alguna forma, el cuerpo de los mortales ya no pertenece a Dios, sino a cada persona. Esto pone fin a la idea de que nuestro cuerpo es el “Templo de Dios”. Por otra parte, el control de natalidad, tan importante para el mantenimiento de las estructuras de poder, pasa a formar parte de la autonomía de cada persona, para que sea ella misma quien decida. Esto significa que el Estado, y la Iglesia como poder fáctico, deben renunciar a sus influencias en esta parcela. Por esa razón, se generan resistencias cuando hay en juego cambios de este tipo. Debido a ello, se comprende como en cada actuación subyacen poderosas razones que buscan preservar el orden establecido.


 

[1] Basta con ver las numerosas manifestaciones que convocan en defensa de la familia (tradicional).