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¿Es el aborto una cuestión moral?

El Roto, 30 de abril de 2013


En España, la cuestión del aborto lleva tiempo llenando las páginas de los periódicos. La razón es que el Gobierno del Partido Popular, a través de su ministro Gallardón, pretende sustituir la actual ley de plazos aprobada en 2010, por otra de supuestos. En una ley de plazos se puede abortar libremente hasta un momento determinado (en el caso de la ley española eran 14 semanas); en cambio, una ley de supuestos, como la que había antes, solo permite abortar en circunstancias específicas, como por ejemplo en casos de violación o peligro para la madre o el feto.

El escenario que nos plantea esta reforma implica un paso atrás, puesto que se menoscaba un derecho ya consolidado como el del aborto libre. Asimismo, volver a una ley de supuestos siempre es restrictivo, ya que será el Estado quien decida en qué casos la mujer puede decidir practicar un aborto. Un hecho que choca frontalmente con la autonomía individual, pues la persona, en este caso la mujer, ve limitada la capacidad de decidir sobre su propio cuerpo. Al hilo de este razonamiento es interesante plantear el siguiente dilema: ¿acaso el cuerpo de una persona no pertenece a ella misma?

El Gobierno justifica su reforma arguyendo que pretende reducir el número de abortos. ¿Eso es lo que se conseguiría o, por el contrario, aumentarían los abortos clandestinos? Esta pregunta tiene sentido, porque Holanda, donde el aborto es legal, cuenta con una de las tasas de abortos más bajas. En este logro tiene mucho que ver el correcto uso de los anticonceptivos. Por tanto, si el Gobierno relaciona aborto libre con un mayor número de abortos está incurriendo en una falacia. El aborto debe ser un recurso que debe poder emplearse en libertad, así como con sensatez, porque es una experiencia sumamente traumática para la mujer. Sin embargo, en este caso, la solución no es limitarlo, sino establecer políticas de educación sexual como las que pueden haber seguido en Holanda.

Es un debate complicado, ya que el aborto, parece ser, para la mayoría de las personas, una cuestión moral. Pero, ¿de dónde provienen esas normas o indicaciones morales? Como sabemos, la religión es una importante fuente de valores de este tipo, y además sirve de inspiración para el ideario conservador. Por ese motivo, y puesto que son los partidos de corte conservador quienes plantean restringir el aborto, debemos buscar en la religión las razones que los llevan a actuar de esta manera.

Para la religión, la unidad fundamental es la familia[1], a ella va dirigida la casi totalidad de su discurso, y si ésta peligra también lo hará su propia supervivencia. Por esa razón, el credo católico combate el aborto y la homosexualidad, porque ambos elementos ponen en jaque la denominada familia tradicional. Es una cuestión de poder. La Iglesia, no olvidemos que construida y manejada por varones, reserva a la mujer un papel secundario. A su vez, eleva la función reproductiva de la mujer a elemento protagonista para la construcción del género femenino; es decir, la mujer es concebida como medio para dar a luz a nuevos fieles, pero también como alguien que va a transmitir estos mismos valores a sus hijos.

En todo este planteamiento, la Iglesia observa una doble amenaza en el aborto. En primer lugar, es un instrumento que permite a la mujer manifestar el control sobre su propio cuerpo. Este hecho viene a indicar que, de alguna forma, el cuerpo de los mortales ya no pertenece a Dios, sino a cada persona. Esto pone fin a la idea de que nuestro cuerpo es el “Templo de Dios”. Por otra parte, el control de natalidad, tan importante para el mantenimiento de las estructuras de poder, pasa a formar parte de la autonomía de cada persona, para que sea ella misma quien decida. Esto significa que el Estado, y la Iglesia como poder fáctico, deben renunciar a sus influencias en esta parcela. Por esa razón, se generan resistencias cuando hay en juego cambios de este tipo. Debido a ello, se comprende como en cada actuación subyacen poderosas razones que buscan preservar el orden establecido.


 

[1] Basta con ver las numerosas manifestaciones que convocan en defensa de la familia (tradicional).

Gallardón y sus ocurrencias


Alberto Ruiz-Gallardón se ha caracterizado por ser un tipo tan astuto como prudente. Pero, esos atributos no impidieron que, en contadas ocasiones, hiciera gala de comportamientos excesivamente conservadores. De hecho, cuando Gallardón era todavía un joven concejal, dijo que la revista cultural Madriz, editada por la concejalía de juventud del Ayuntamiento de Madrid, era una "porquería repugante, pornográfica, blasfema, en el sentido jurisdiccional de la palabra, contraria a la moral y a la familia". Como se puede ver, es posible ser muy conservador, pero a la vez nada moderado. Enrique Tierno Galván, aquel entrañable y admirado alcalde de Madrid, declaró al respecto que "Los jóvenes sacan una revista en la que se usa un lenguaje que yo no empleo, pero que se habla en la calle. Los carrozas se han enfadado y han aprovechado la ocasión para atacar al ayuntamiento"[1]

A pesar de ello, Gallardón siempre ha dado la impresión de ser una persona inteligente, cosa que no niego en absoluto, pero a veces la ambición vence a la estrategia. Es peligroso sobrealimentar a la ambición. No hay que olvidar que desde que ha llegado al ministerio le han acompañado una serie de decisiones polémicas y marcadamente conservadoras. Podría hablarse de cómo pretendía restringir el aborto, incluso en los casos de malformaciones. El aborto es un problema de coherencia dentro del Partido Popular. Puesto que, si para su electorado más conservador y católico (valga la redundancia) el aborto no es válido porque la vida del futuro niño debe protegerse incluso en su estado embrionario; su ala más liberal (si existiera) dudo que pudiera consentir intromisiones del Estado, en asuntos tan privados como en la maternidad de una mujer. En cualquier caso, lo más inteligente para el PP habría sido ignorar este asunto, ya que aunque en un momento dado pudiera ser usado de cortina de humo o como pago electoral a ciertos sectores, no suele ser electoralmente rentable menoscabar derechos.

Sin embargo, Gallardón, no satisfecho con aquello, optó por apoyar la esterilización forzosa en las personas con discapacidad. No puede pasarse por alto la siniestra paradoja que se establece en colación con el tema del aborto: primero les “obligaría” a venir al mundo, pero luego les negaría la posibilidad de tener descendencia. Esto es muy peligroso, ya que se está hablando de criterios eugenistas, e irremediablemente nos viene a la cabeza el paralelismo con la Alemania Nazi en donde se esterilizaron aproximadamente a 400.000 personas por no considerarse aptos.

Empero, Gallardón no se detuvo aquí y decidió que había que castigar a las personas que ayuden a los inmigrantes sin papeles. ¿Cómo encajar este despropósito con la moral cristiana? Podría hacerse así: <<Dar de comer al hambriento y de beber al sediento, siempre que tenga papeles, de lo contrario será pecado>>. No obstante, no es para bromear, ya que la reforma del Código Penal prevé que quien “intencionadamente ayude a una persona que no sea nacional a entrar en España o a transitar, será castigado con una pena de multa de tres a 12 meses o prisión de seis a dos años”. Es decir, quien acoja en su casa a un inmigrante, en estas circunstancias, podría llegar a acabar en la cárcel.

Para el final he dejado aquel eufemismo con el que el PP está dando a conocer la cadena perpetua que trata de introducir en España. Me refiero a la prisión permanente revisable. Si algo es permanente, y siguiendo a la RAE, es que permanece, y permanecer es justamente “mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o ciudad”; ergo si se revisa ya no es permanente. En cualquier caso, el fin de las penas, y aquí hay que recurrir al gran Cesare Beccaria, es “impedir al reo causar nuevos daños a sus ciudadanos y retraer a los demás de la comisión de otros iguales. Luego deberán ser escogidas aquellas penas y aquel método de imponerlas, que guardada la proporción haga una impresión más eficaz y más durable sobre los ánimos de los hombres, y la menos dolorosa sobre el cuerpo de reo”[2]. Es sabido que en EE.UU. no se cometen menos delitos porque haya pena de muerte. De esa manera, Beccaria concluía que no era la dureza de las penas las que disuadían de cometer el delito, sino la certeza de que éstas se cumplieran, por lo que no hacía falta que se previeran penas desproporcionadas.

Dejando a un lado la política penal, tuvo que ser un griego quien diera con la solución: "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres". Sin embargo, eso correspondería a Wert y, dado sus recortes, es probable que no coincida con el filósofo. En cualquier caso, Gallardón parece ser el Caballo de Troya que usa el PP para sus políticas más duras, más ancoradas a la derecha. El ministro, al respecto, no debe olvidar que fueron estas políticas las que, probablemente, ya la acarrearon en abril del año pasado (2012) que se desplomara su imagen[3].