Crisis del Estado liberal (clásico) y sus consecuencias

Introducción

La simple aspiración a la Isonomía que caracterizaba al Estado liberal no fue suficiente para contener durante más tiempo sus evidentes contradicciones internas. El capitalismo, sin ningún tipo de regulación, era el engranaje económico que coadyuvaba armoniosamente con los principios liberales del individualismo más exacerbado. Ello consagraba la desigualdad, no ya solo la evidente en el terreno económico sino, además, en el terreno político. Porque, es conocido que el sistema liberal imponía como requisito indispensable para poder ejercer el sufragio, que no era universal, el llegar a un cierto nivel de renta. Este requisito fue justificado con la más demagógica hipocresía que se hallaba amparada bajo la falsa retórica igualitaria que preconizaba el liberalismo. Los liberales argüían que cualquier persona que deseara ejercer el sufragio podía hacerlo con la única condición de alcanzar el nivel de rentas exigido. No existían trabas que resultaran biológicamente insalvables, no obstante que la capacidad de ahorro de un humilde asalariado de la época pudiera permitirle alcanzar el mencionado nivel de renta exigido, era altamente improbable, cuando no imposible.

De esta manera, los teóricos liberales armaron su sistema; primero mediante un caparazón falsamente democrático, con el cual legitimar su gobierno; y segundo a través de unas cadenas que se encargaban de frenar cualquier posible ascenso de las inquietudes obreras al parlamento burgués. Porque si la única clase representada en el parlamento era la propia burguesía no tendrían ningún problema para gobernarse a si mismos y dotarse de un cuerpo legal que beneficiara su desarrollo económico, a la vez que protegiera su patrimonio. Ya que, precisamente, la propiedad e iniciativa privada eran los pilares básicos del liberalismo económico.

Esta argucia política se veía acompañada de las paupérrimas condiciones de vida de la clase obrera, que del mismo modo que sucede en la actualidad, al no disponer de medios de producción (ni poder adquirirlos por su limitada capacidad de ahorro) no le quedaba otro remedio que vender su fuerza de trabajo al capitalista, el cual, tal y como apuntaba Marx, además de obtener pingües beneficios se apropiaba de la valiosa plusvalía que genera cualquier trabajo por cuenta ajena.

Causas de la crisis

La desagradable situación que vivían los asalariados, que por los teóricos liberales habría sido vitalicia e irremediable no desarmó ideológicamente a los trabajadores, sino todo lo contrario. De esta manera, fue la propia clase engendrada bajo el sistema capitalista la encargada de reclamar con la máxima vehemencia cambios en el sistema, cuando no su derrocamiento. De este modo surgieron los movimientos obreros.

Los movimientos obreros serían los vehículos que canalizarían las peticiones de los trabajadores de la época. Así se consiguió abrir una primera brecha dentro del Estado liberal. No había libertades (entendidas en óptica burguesa) ni imperio de la ley, ni soberanía nacional, ni tampoco la necesaria separación de poderes, que justificaran la desigualdad tan extrema, la pobreza tan patente y la explotación tan desmesurada que se hallaban presentes en la sociedad de entonces.

Además, las crisis económicas derivadas del sistema económico imperante generaban cierta inestabilidad. Éstas son producidas por defectos inherentes al propio capitalismo, como por ejemplo la característica anarquía económica presente en el modo de producción capitalista. Dicha anarquía acaba teniendo como consecuencia una inevitable crisis de sobre stock, ya que llega un momento en el que los consumidores no pueden absorber toda la demanda, por lo que las ventas descienden, con la consecuente pérdida de beneficios en las empresas, motivo que les lleva a despedir a trabajadores, lo que genera un descenso en el poder adquisitivo de la sociedad. De este modo se entra en una espiral difícil de gestionar. Por otro lado, la falta de un control de precios deja al mercado que sea éste quien los fije, mediante la ley de la oferta y la demanda, lo que allana el terreno a la especulación. Estos dos principios, a los que el capitalismo no podría renunciar o no sería capitalismo, son los que producen cíclicamente las crisis económicas. Según el historiador Rodrigo Quesada Monge algunas crisis económicas que se dieron en el siglo XIX (en pleno imperio de los Estados liberales) son las de: “1816, 1825, 1836-37, 1847, 1857, 1866, 1873, 1893, 1896.” [1]

Por lo tanto, los ingredientes para la crisis del modelo liberal estaban ya amasados y en el horno, esperando, ya únicamente, alcanzar el adecuado punto de cocción.

El declive y sus razones

En 1914 se produce ese estallido crítico, y es que se podría decir que la Primera Guerra Mundial fue la plasmación del declive del Estado liberal. Este acontecimiento puede tener, además, un doble análisis. En primer lugar, el Estado liberal, incapaz de evitar su destrucción, acabará funestamente dando lugar al primer conflicto bélico a escala mundial, que sirvió como dolorosa renovación de algunas bases, no todas, del Estado liberal.

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta la posibilidad de que el propio Estado liberal se viera obligado a forzar, de alguna manera, el conflicto, para poder relanzar su economía, que se encontraba seriamente paralizada. No conviene ignorar la idea de Lenin respecto de que la fase superior del capitalismo es el imperialismo (en términos más económicos). Según Lenin, cuando el capitalismo llega a altas cuotas de desarrollo, tiende a crear monopolios, motivados por la inevitable concentración de la riqueza, lo que implica la necesidad de nuevos horizontes.[2] Cabe señalar que el impulsar guerras puede considerarse una necesidad histórica del capitalismo, porque con ellas se consiguen nuevos mercados y se pueden conseguir las materias primas de los territorios conquistados. Otro dato a tener en cuenta son los jugosos beneficios de una industria en constante movimiento como es la militar, motivo por el cual en la actualidad, a pesar de un control omnímodo del pensamiento capitalista, el propio sistema necesita los conflictos bélicos como parte fundamental de su desarrollo económico.

Por ello, lo más probable es que fuera una situación mixta la que desencadenara la Primera Guerra Mundial, cuyos resultados y el tratado tan represivo que se le obligó a firmar a Alemania, pudo crear el caldo de cultivo para la Segunda Guerra Mundial.

Consecuencias (I)

Sin embargo, en plena Primera Guerra Mundial sucede un acontecimiento inesperado, y es que en uno de los contendientes triunfa una revolución de carácter marxista, derrocando, de este modo, el reciente gobierno provisional (de corte liberal) de Kerensky. Este hecho tuvo como consecuencia, además de la salida de Rusia de la guerra firmando un armisticio con Alemania, el establecimiento del primer Estado socialista del mundo. Fue la primera forma de gobierno, no liberal, que surge desde la ruptura con el Antiguo Régimen. Resulta, por tanto, sensato comprender que bajo otras condiciones la Revolución de Octubre no habría tenido éxito.

Por otra parte la Alemania derrotada también vivió su propia revolución, solo que ésta no llego a alcanzar el establecimiento del Estado socialista por la traición del partido socialdemócrata alemán a la misma y a la Liga Espartaquista. De modo que, se acabó configurando un Estado liberal burgués conocido, con posterioridad, como la República de Weimar, sin embargo tras el ascenso de Adolf Hitler al poder, el Estado se transformó en el autodenominado Tercer Reich.

En Italia es destacable el ascenso de un impresionante orador proveniente de las filas del PSI (Partido Socialista Italiano) pero no por ello socialista. Ya que, sus dificultades para interpretar el concepto de internacionalismo (pilar básico del pensamiento marxista) y su apoyo a la participación de Italia en la Guerra, cuando desde las filas socialistas estaba clara su oposición, desacreditaban su pensamiento como socialista. Se trata, por supuesto, de Benito Mussolini, quien también transformó a Italia, en un Estado fascista de carácter corporativista.

Como se puede comprobar la situación en el período de entreguerras apuntaba, claramente, a la sustitución del modelo liberal en unos casos y a la transformación en otros.

Consecuencias (II)

La situación anteriormente descrita acerca del período de entreguerras cambió drásticamente al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Los Estados nazi alemán y el fascista italiano fueron los perdedores de la guerra, de modo que por motivos obvios desaparecieron sus estructuras.

De esta manera se configuró la existencia de dos bloques antagónicos; el socialista liderado por la URSS y el capitalista por los EE.UU, dando lugar a la guerra fría que finalizaría con el desmoronamiento de la URSS en 1991. Pero, ya por aquel entonces no se podía hablar de un Estado liberal puro, como el anterior, sino que se fue consolidando el denominado Estado de bienestar.

El Estado bienestar bebía directamente de las teorías de Keynes publicadas en la década de los años 30. Con ellas se pretendía, a través de la intervención del Estado en economía, atajar las crisis económicas que son inherentes al propio sistema económico capitalista.

Pero, la intervención del Estado en economía fue mucho más allá, ampliando la cobertura sanitaria llegando, de este modo, a ser universal. También se invirtió en educación y en otros servicios públicos de vital importancia como los seguros por desempleo. Uno de los ejemplos más destacables, y tempranos, de Estado de bienestar fue el New Deal de Roosvelt, que tras la crisis del 29 llevó a cabo una política intervencionista. No obstante, después de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de Estados europeos no socialistas, adoptaron este modelo.

El motivo que impulsó esta rápida propagación del llamado Estado de bienestar, debería ser estudiado. Una razón podría ser la intención de los gobernantes de mejorar las condiciones de vida de sus respectivos nacionales. Empero, resulta inevitable considerar el Estado de bienestar como freno al avance del comunismo que suponía modelo económico alternativo, y que por aquella época ofrecía pleno empleo y garantías sociales a sus ciudadanos, como también una economía no sometida a los ciclos económicos habituales del modelo capitalista.

Es sensato comprender al Estado de bienestar como una evolución del Estado liberal, pues comparte con él su estructura básica, basándose ambos en la esencia de la democracia liberal y el sistema de libre mercado. Por ello, se puede entender el Estado de bienestar como el resultado de unos añadidos que tenían como objetivo salvar el modo de vida liberal, pero sin cuestionar sus bases, porque en realidad tenía como objetivo reforzarlas. En 1934, Joseph Stalin, ante las preguntas del escritor H.G Wells, ya advirtió algunas contradicciones, del futuro Estado de bienestar, tomando para ello como referencia el New Deal:

“Para ellos no se trata, por lo tanto, de una reorganización de la sociedad, de abolir el viejo sistema social, del cual nacen la anarquía y las crisis, sino, a lo sumo, de restringir determinadas desventajas, de restringir determinados abusos. Subjetivamente, los americanos tal vez tengan la opinión de estar reorganizando la sociedad; pero objetivamente protegen la base actual de la sociedad. (...) A consecuencia de la presión desde abajo, de la presión de las masas, la burguesía puede, manteniendo el sistema socio-económico reinante, ocasionalmente conceder determinadas reformas parciales. Al actuar así, calcula que esas concesiones son necesarias para mantener su dominio de clase.”

El otro tipo de Estado sería el socialista, representado por la URSS, que después de la Segunda Guerra Mundial creció en número de países, conformando un bloque alternativo al capitalista. Al acabar la Segunda Guerra Mundial su máximo mandatario era Joseph Stalin, secretario del PCUS. La URSS seguía la senda ideológica del Marxismo – Leninismo, que tenían como ejes fundamentales de su política la nacionalización de la industria y la economía planificada, todo ello bajo la batuta de los planes quinquenales que establecían los logros que se debían alcanzar. Algunos de sus resultados son altamente satisfactorios, como recoge Carlos Hermida, profesor de historia de la Universidad Complutense de Madrid; siendo algunas muestras de ello las siguientes:

“La Renta Nacional se incrementó en un 86% durante el primer plan y otro 110% en el segundo, es decir, en diez años se había multiplicado por cuatro. (...) Entre 1928 y 1932 se formó anualmente una media de 72.000 especialistas por las escuelas técnicas y 42.500 por las escuelas universitarias, frente a una media de 18.000 y 32.000, respectivamente, durante los años de Nueva Política Económica (NEP) (...) En cuanto a los estudiantes de enseñanza superior, su número era de 112.000 en 1914; 176.000 en 1929 y ¡675.000! en 1941. A la altura de 1937 había en la URSS 1.750.000 jefes de empresas, centros administrativos e instituciones culturales; 250.000 arquitectos e ingenieros y 822.000 economistas y estadísticos. Frente a las 78 Universidades y Escuelas Técnicas de 1914, en 1939 funcionaban 449 establecimientos de enseñanza superior.”[3]

No obstante en 1956, la URSS abandonó de facto los postulados del Marxismo – Leninismo adoptando una postura que se entiende como revisionista. Que según varios autores fue el causante de su progresivo deterioro culminado con su disolución en 1991. A pesar de ello en la actualidad existan varios países que se autoproclaman socialistas, como es el caso de Cuba, China, Vietnam o Laos.

Conclusión

Por todo ello, el Estado liberal supuso un avance respecto al Estado absolutista, pero siendo una minoría la que gobernaba, la clase dominante. Sus contradicciones internas no tardaron mucho en cuestionar el sistema obligando finalmente a que el Estado liberal evolucionara, buscando su autopreservación, en el Estado de bienestar (en la actualidad cuestionado y desmantelado progresivamente). No obstante, la historia alumbró otras formas de gobierno alternativas como el nazismo y el fascismo por un lado, y el comunismo por otro. Las primeras desaparecieron tras la Segunda Guerra Mundial y la segunda sobrevive en algunos países.

La humanidad no debe cesar en su empeño por mejorar y organizar su sociedad de forma democrática, comprendiendo que no se puede, o al menos no se debería monopolizar y copar el concepto de democracia, excluyendo de ésta, cualquier otra forma de gobierno que no contemple las características del modelo imperante. Porque la democracia debería ser algo amplio, y por supuesto, de lo que nadie pudiera adueñarse como si fuera un terreno o un simple derecho de autor, puesto que, la esencia pura de la democracia es la libertad, y ésta no debe jamás estar sometida a nada ni a nadie.




[1] QUESADA, Rodrigo. Las crisis económicas en el sistema capitalista. Elementos para su historia.2009 Globalización.
[2] VLADÍMIR, Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo.
[3] HERMIDA, Carlos. Cuestiones sobre Stalin. pág. 143. 2005 Revista Historia y Comunicación Social.

4 comentarios:

  1. Valoro tu trabajo pero no me parece muy objetivo ni muy ajustado a la realidad. Hay varias cosas muy cuestionables: por ejemplo, afirmar que la decadencia y colapso de la URSS se debió a su alejamiento del Leninismo, me parece completamente erróneo. Desde mucho antes estaba claro que una economía centralizada no puede funcionar de manera eficiente al no contar con información inmediata de la escasez de un bien-servicio (cosa que en una economía de mercado hace el precio); ello al margen que la creación del 'hombre nuevo' necesario para el paso al comunismo supuso atropellar sistemáticamente las libertades individuales.

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    1. Hola Alfredo. Si te fijas bien, verás que no afirmo que esa fuera la causa de su desaparición, sino que hay varios autores que sí lo hacen, como pudo ser Ludo Martens. Yo, al respecto, no tengo una opinión tan contundente, pero sin duda es un elemento que, junto a otras tantas circunstancias (no problemas estructurales), conviene tener en cuenta para comprender el porqué del derrumbe de la URSS.

      Sobre tu crítica económica al socialismo, tan en la línea de Von Mises (si no recuerdo mal), lo cierto es que el socialismo pretendía construir su propio sistema de detección de necesidades, sin que el precio (entendido sobre todo en un contexto librecambista) fuera indispensable para ello. De hecho, si el precio fuera absolutamente necesario, también lo sería la moneda, y eso haría muy dificil de explicar cómo sobrevivió durante tanto tiempo, por ejemplo, el sistema palacial de la civilización minoica. Ya que, como sabemos, la moneda se creó posteriormente, ya en la época arcaica.

      Sobre el atropello a las libertades individuales a las que aludes, me parece que aquí podríamos debatir largo y tendido, pues también hay quien no lo vería así. Es cierto que en un socialismo se da prioridad a la comunidad frente al individuo, y en el liberalismo sucede justamente lo contrario; eso depende de la idea de justicia que tenga cada opción ideológica. Se han cometido abusos en ambas direcciones (haciendo primar a la comunidad frente al individuo, pero también al revés).

      Tengo tendencia a enrrollarme, y lo sé, pero bueno. En cualquier caso te agradezco tu aportación.

      Un saludo.

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  2. Sin el desarrollo del capitalismo seguramente no podrías haber publicado este artículo, aunque no hubiese sido una gran pérdida intelectual.

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    1. Efectivamente, sin el desarrollo del capitalismo este artículo no hubiera sido posible, ya que en parte es un análisis sobre el mismo. En cualquier caso, supeditar el progreso de la humanidad a las posibles bondades de un solo modelo económico (dando por supuesto que su lugar no hubiera podido ser ocupado por ningún otro) puede resultar un poco precipitado.

      Un saludo.

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